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jueves, 6 de diciembre de 2012

Facebook



no necesito saber que haces durante el día,
no me gusta enterarme de tus nuevos tenis, de la fiesta de la amiga de tu amiga, me da tristeza saber que piensas en gucci y que te gusta compartir mensajes del libro más prostituido de la historia.

Me lastima tener que ser directo y que con estos temas no pueda completar lo que debería,
enarbolar la vida misma con palabras y dejar que lo que hay por debajo de mi cuello salga y alucine maravillas.

Necesito dejar de hablar en tu idioma,
me gusta saber que hay mejores momentos en esta vida, a pesar del mucho daño que hay fuera,
me alegra que seamos de colores y que te guste compartir horas al día conmigo, caminando.

Presto atención a los ojos, a la boca, a tus cachetes, cejas y manos, el movimiento claro de tus pies, la hermosa tonalidad de tu voz, te conozco, te siento, te sé.
Sin embargo la frialdad y vulgaridad que a través de la pantalla se desata, el morbo de lo que está del otro lado, la falta de ojos, manos moviéndose, tonos de voz, se me hace hasta gran grado aterradora situación que me provoca síntomas específicos, que de triste a oscuros se coquetea con ambos y se derrama en desgracia por la triste vida.

Quiero jugar con palos, tierra y nuestras manos en espacios abiertos,
quiero nunca tener que simular que estamos cerca, que nos entendemos, que estamos satisfechos.
Entre hojas de colores, sonidos de viento, agua, bajo el sol que nos penetra para darle vida al día, ahí quiero pasar mis días, lejos de una mesa, de una silla, de una computadora, cerca de ti.

lunes, 14 de mayo de 2012

LA SONRISA DE MI VECINO




Donde crecí hay un bonito río,
cerquita de mi casa, a menos de 100 metros está el río,
ahí en el rio vive un chico, de sonrisa pícara, de sonrisa bonita.

En el río juego con mi vecino, salimos a correr a la orilla,
salimos a caminar a la orilla, platicamos ahí, con el rio.

La sonrisa de mi vecino me gusta mucho, me gusta su frente al reírse,
es lindo el vecino, con todo y su sonrisa, y más al lado del río,
ahí entre mi casa y el río vive el chico.

El agua suena rico cuando choca con las raíces de los ahuehuetes haciendo pozas y cascaditas,
de esas diminutas donde se atrapan charales y pochochos,
en el barro que se encuentra en las orillas del río crecen suaves hierbas verdes todo el año, lleno de tréboles, lleno de zacate, lleno de hojarasca.

Entre un zapote y un amate hay un espacio,
dentro de dos árboles como un refugio, bonito, natural, agradable.
Ahí quedamos con mi vecino siempre, para platicar dentro de los árboles,
que nos protegen, que nos vigilan, que nos abrazan.

Mi vecino y yo somos niños del río,
ahí nacimos y ahí estamos creciendo,
el río fue cómplice de nuestra vida a sus orillas,
siempre atento, siempre hablando, el río que nos cuida.

Me gusta la sonrisa de mi vecino,
más cuando la combina con un apretón de brazos derredor mío,
más cuando la utiliza al hablarme cerca, cerquita,
más cuando ríe, después de un beso,
más cuando ríe, después de eso.

El agua que lleva el río aún es limpia,
el beso de mi vecino aún sincero.